lunes, 24 de mayo de 2010

Carta de un soldado a su madre..


Creo que aún recuerdo imágenes tenues de cuando jugabas conmigo en el patio de nuestra primer casa. Tengo que hacer un esfuerzo para darle nitidez a la imagen y aunque casi nunca lo logro, me sirve para ser fuerte y mantenerme en pie en medio de tanto caos sin sentido; tanta ruido sin sonido.

Ya son mil doscientos treinta y cuatro días aquí. Cada segundo se ha convertido en fiel imagen de lo eterno; cada día el sol parece emocionarse con su luz y calor, y nos acecha como arañazos a nuestra piel. El polvo ha sido parte de nuestro aire,nuestros pulmones ya resienten tanta suciedad. Sin embargo aquí hay cosas que están más mal que eso.

El agua que tanto tuve en algún momento en mi vida hoy la juntamos, como quién hace de tripas corazón. Es agua sucia; agua que no sacia de frescura el cuerpo. Y entre tanto sol, en los espejísmos se ven los sueños que poco a poco se ahogan en la sequedad de esta tierra; sueños que se evaporan bajo este exceso de calor.

Y es que las noches aquí son infiernos de gritos, llantos, bombas, balas. Dolor y sufrimiento es lo que sobra en este lugar; lugar donde reina la angustia y el desconcierto. Si tan solo tomaramos un segundo de nuestra vida para vernos unos a otros de frente, nos daríamos cuenta que somos todos iguales, y no existen ni ideas, ni armas, ni religiones, ni pensamientos capaces de marcar verdadera diferencia entre nosotros. Si tan solo nos tomaramos una tarde para conversar entre nosotros, nos daríamos cuenta que nuestras preocupaciones son las mismas, y que el idioma jamás será barrera ni trampa cuando en la consciencia del ser humanos existe empatía y humildad.

Son noches que pasan a cuentagotas. Noches que se hacen eternas entre las sombras de las palmeras, y el calor de las trincheras. Donde los ojos cansados y los pies adoloridos valen nada cuando una misión se esta llevando a cabo. Aquí no importan perspectivas; aquí importa matar y destruir. Es la tierra donde el futuro es el próximo minuto y las balas se mezclan como notas de canción, que resuena y agita el ambiente. Ambiente ya turbio y sombrío de los tiempos cansados y los minutos agotados por una lucha sin sentido.

Pero cada noche te recuerdo, y cuando cierro los ojos y callo al mundo, escucho tu voz. La que de niño me cantaba para dormir, o dejar de llorar. Esa voz que tantas veces me corrigió o me bendijo. Siempre recuerdo tu rostro, cada noche que entrabas a mi cuarto para cobijarme. Jamás en la vida hubo mejor caricia que la de tu beso de buenas noches. Y en las noches escucho suspiros que asemejan tu respiración; y despierto con un escalofrío que acelera mi corazón.

Y cuando me despierto, a la mañana siguiente, a veces confundo sueño con realidad. E imagino que salgo del cuarto directo a la cocina, para comer en familia. Conversar, reír, comer. Tantas cosas que dí siempre por hecho que jamás iban a cambiar, y hoy doy mi vida entera por volver el tiempo atrás y disfrutar de nuevo una mañana de domingo junto a ustedes.

Ante todo quisiera disculparme por la suciedad de esta carta. Con mucha dificultad me hice de una hoja y un lapiz viejo para escribir estas líneas cortas. Palabras que volarán y cruzaran en el mar hasta llegar a ustedes. Cruzará la barrera del tiempo y de mi circunstancias. No sé si cuando estas palabras lleguen a ustedes yo siga con vida. Y en caso de que así fuera, espero que esta tortura sin norte se acabe; así en algún momento poder tener la bendición de verlos una vez más. Estas palabras que se desangran en desesperación; palabras que buscan la ilusión.

Ha sido duro lo que he visto. He presenciado humillaciones de las más grandes; he visto cuerpos despedazados cayendo a mi lado; familias enteras que son asesinadas como si fueran ratas; padres de familia separados de sus esposas e hijos, que son montados en trenes, con rumbo a lo incierto; he visto fosas comúnes repletos de cuerpos inertes que murieron sin saber por qué.

Cuál es la base de una lucha sin sentido que se maneja bajo los lineamientos de una sola persona que en su prepotencia hace alardes de grandeza y poderío; poderío que nadie le dió. El mundo es paralizado y altamente violado por la idea de un misántropo con ideas rotas, ideas vacías que se burlan en la cara de la especie humana. Y en las páginas de la historia quedará grabado su nombre, y su recuerdo y su memoria y sus hechos y su prepotencia y su egoísmo será todo por lo que se le recordará.

Y es por todo esto que se supone luchamos, por un ideal mezquino. Por el sueño de un bandido con poder; un sinvergüenza con convencimiento; como lo es la mayoría. Y cada muerto alimenta la idea, cada familia despedazada es un paso hacia la victoria. Mi uniforme me institucionaliza y me da licencia para acabar vidas, para romper sueños, para matar ideas y cultivar dolor y repudio.

Pero hoy quería escribir. Transmitir sentimientos que se cuelan en mi mente. Sentimientos que han estado cerca de hacerme perder la cordura entre tanta injusticia y dolor. Porque cuando en las mañanas me pongo el uniforme y limpio mi pistola, en ese preciso momento me cuestiono qué hago aquí, en qué momento le solté la mano a mi futuro y engañé por un capricho a mi destino.

Por eso esta carta es un pedazo de memoria; son palabras con ardor. Y la ausencia de lo que más he amado me lastima cada día, como cuchillo que mata a punzadas, pequeñas pero dolorosas. Esta carta no es un rejuntado de palabras, sino de emociones y pensamientos, que se tiñen con todos los colores de la angustia y desesperación.

Solo espero que la vida no sea tan cruel y que la muerte no se acerce a mí. Solo espero que esta lucha llegue a su fin y poder topar en vida con la suerte de volverte a sentir. Y al llegar a la casa, una tarde de Octubre, cuando abrás la puerta estalles en emoción. Las lágrimas se te desborden y un abrazo me saque el aliento; aliento que ya casi no tengo por tanto dolor.

No es un simple saludo; es un "nos veremos pronto".
No es una simple despedida.
Sencillamente es un dulce "hasta luego".