jueves, 9 de septiembre de 2010

Carta 2


Por la noche sentí que alguien respiraba en mi oído, que intentaba decirme algo. Me levanté de inmediato y escribí palabras que se iban borrando.

Recordé, entonces borré. Y comencé a plasmar ideas en el aire, las visualizaba flotando por el cuarto. Traté de agarrarlas con las manos, pero las ideas se marchitan si las tocas.

Las ideas son para refrescar un cuerpo cansado; sobornar con innovación a la rutina. Es alimentar el cuerpo del éxito y deshidratar de fuerza al dolor.

Por eso me senté una vez más a escribir, las palabras fueron teniendo sentido. Y en las frases podía leer entre lo líneas los secretos que guardo en mi interior.

A veces aquellos secretos se convierten en la desgracia de lo incierto. Esconder verdades no deja más que un rastro de dudas y arrepentimientos en el camino de la vida.

Y en algún momento habrá que volver atrás y limpiar todo el desorden que hacemos. Corregir los malos pasos que damos.

Por eso hoy rebusco en los rincones del olvido algo que un día perdí. Pues existe la posibilidad, remota, pero posibilidad al fin, de que aquello sea la respuesta que hoy creo buscar.

No sé si piensan como yo, pero a veces un detalle se convierte lo que define toda una vida; a veces un simple detalle se encarga de tirarnos todo al suelo.

Por eso siempre dije que la vida eran simples detalles, y que en su simpleza guardan la grandeza de su poder. Sea para bien o sea para mal.

Ya casi no distingo colores.

Ya casi no recuerdo emociones.

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